Esta reflexión explora cómo integrar la vida espiritual, la ambición, el dinero y las responsabilidades cotidianas sin tratar ninguna parte de la vida como menos sagrada que otra.
Últimamente he estado pensando en cuánto ha cambiado mi realidad.
Hace una década, yo era profundamente religiosa. En esos espacios suelen enseñarte que debes negarte a ti misma. Esa frase puede significar muchas cosas, pero, dentro del cristianismo evangélico occidental, a menudo termina significando que debes renunciar a tus deseos, a tus sueños y a tu cuerpo. En otras palabras: abandonarte para servir a la misión de Dios, al reino de Dios y a lo que Él tiene para ti.
Y eso fue exactamente lo que hice.
Si tuviera que expresarlo en porcentajes, diría que mi vida espiritual ocupaba entonces el 95 % de mi vida: mis pensamientos, mis oraciones, mis prioridades y mi tiempo. Mi identidad giraba casi por completo alrededor de Dios, la iglesia y el ministerio.
Mi vida material casi no tenía lugar.
No solo no le prestaba atención; estaba convencida de que hacerlo estaba mal. Vivía muy por debajo del umbral de la pobreza, en gran medida porque creía que preocuparse por lo material era poco espiritual. No siempre me lo dijeron de forma explícita, aunque a veces sí, pero el mensaje estaba presente en todas partes: lo material no importaba. Claro que, cuando llegaba el momento de dar el diezmo, sí importaba. Pero esa es otra conversación.
Cuando sanar se parece a un péndulo
Últimamente he notado que sanar se parece muchas veces al movimiento de un péndulo. En nuestra búsqueda de una vida más plena, solemos pasar con fuerza de un extremo al otro antes de encontrar el equilibrio.
Y creo que eso es precisamente lo que me está ocurriendo.
Cuando la seguridad material ocupa casi todo
Hoy estoy en el extremo opuesto. Diría que ahora destino el 95 % de mi energía a construir seguridad material: encontrar estabilidad, generar ingresos y levantar algo sostenible y próspero.
No quiero juzgar ese deseo. Hay algo profundamente reparador en el simple hecho de poder desearlo, en recuperar aspectos de mí que antes consideraba pecaminosos.
Pero he empezado a reconocer un patrón en mi forma de pensar.
Si logro construir esta vida. Si consigo la casa. Si genero ingresos pasivos. Si alcanzo ese nivel de estabilidad. Entonces, por fin, tendré la vida espiritual que deseo.
Entonces podré vivir en la granja. Entonces oraré más. Estaré más presente. Me conectaré con mayor profundidad con Dios, conmigo misma, con mi esposa y con mis amistades.
Es como si me hubiera convencido de que la vida espiritual podrá comenzar una vez que tenga resuelta mi situación material.
Volver a encontrar el centro
Y últimamente me pregunto: ¿y si lo estoy viendo al revés? ¿Y si me estoy equivocando?
¿Y si lo que este momento me pide no es regresar al extremo del que vengo, sino encontrar un punto de equilibrio?
Volver a lo esencial: la oración, la meditación, las Escrituras, la presencia y el propósito. Soltar lo pasajero y dirigir mi atención hacia lo eterno.
«Busquen primero el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas».
No quiero idealizar el pasado ni volver a abandonarme. Pero sí siento que necesito volver a poner lo espiritual en el centro y preguntarme cómo sería dejar que mis decisiones cotidianas nazcan de mis convicciones más profundas.
¿Cómo se vive eso en la práctica, día tras día, cuando trabajo en una empresa y tengo un negocio en crecimiento? Todavía no tengo esas respuestas. Pero sé por dónde empezar.
Voy a volver a orar. Con intención.
Porque quizá el camino hacia la seguridad material que tanto he perseguido pase por la vida espiritual que llevo tiempo posponiendo. Tal vez sea verdad que, cuando busco primero el reino, lo demás encuentra su lugar.
Y, si no es así, tal vez deje de importarme tanto.
Quizá la plenitud espiritual transforme lo que creemos necesitar del mundo.
No lo sé. Quería compartirte esta reflexión porque estoy segura de que no soy la única que intenta reconciliar estas dos partes de la vida.
Con amor,
ADL




