Cómo reconstruir la fe después de la deconstrucción: una historia de pérdida y renacimiento

Cómo reconstruir la fe después de la deconstrucción: una historia de pérdida y renacimiento

·Ashley Diana Leon

Reconstruir la fe después de la deconstrucción no consiste en volver a ser quien eras antes de cuestionarlo todo. Puede ser el proceso pausado de conservar lo verdadero, soltar lo que exigía abandonarte y aprender a confiar de nuevo en lo sagrado.

La vida después de la deconstrucción: ¿hacia dónde vamos?

Últimamente pienso mucho en cómo es la vida después de deconstruir la fe.

¿Qué quiero decir cuando hablo de deconstrucción?

Para mí, es un proceso de desaprender y volver a aprender. Es cuestionar las creencias con las que creciste y todo aquello que te enseñaron como una verdad incuestionable. De pronto, sistemas que durante años parecían firmes empiezan a resquebrajarse.

No se trata solo de poner esas creencias en duda. Se trata de abrirte a la posibilidad de que quizá no sean ciertas, o de que no lo sean de la manera en que siempre las entendiste.

Mi vida antes de deconstruir la fe

Antes de comenzar este proceso, yo era una cristiana profundamente devota. Y cuando digo devota, hablo en serio.

No era solo una joven comprometida con su iglesia. Era misionera a tiempo completo.

Todos mis días giraban alrededor de la misión. No podía salir de casa sin sentir ese peso: tenía que hablarle a alguien del evangelio, de Jesús, del reino de Dios.

En una gasolinera, en un restaurante, en el supermercado. Vivir mi vida cotidiana no era suficiente. Sentía que tenía que proclamar el mensaje. Siempre.

Estudié en un seminario. Formé parte de una iglesia que se reunía en una casa. Vivía y respiraba el cristianismo tal como lo entendía entonces.

El propósito de mi vida era dar a conocer a Jesús: extender el reino, ganar almas, entregar mi vida a la causa.

Y lo hice. Incluso viví un año en el extranjero, entre lo que entonces llamábamos «un pueblo no alcanzado por el evangelio». Aprendí el idioma, me sumergí en la cultura e hice el trabajo.

Ese año me cambió la vida. De maneras hermosas, por los encuentros con personas que nunca olvidaré. Y también de maneras dolorosas, porque fue allí donde se sembraron las primeras semillas de mi deconstrucción.

Cuando todo empezó a resquebrajarse

Al vivir desde dentro el mundo de las misiones, también conocí su otra cara.

La superioridad. La dominación. El control sutil y el que no lo era tanto. La imposición de una supuesta verdad a costa de la humanidad de las personas.

Y, una vez que lo vi, ya no pude dejar de verlo.

Cuando regresé, empecé a hacerme preguntas. No ocurrió de un día para otro. Fueron años.

Años desenredando ideas, tirando de los hilos y tomando distancia. Me alejé de la iglesia. Dejé de leer la Biblia como una obligación religiosa, aunque ya la había leído de principio a fin más de cinco veces.

Entendí que la Palabra vive en mí: en mi corazón, en mi cuerpo, en mi sistema nervioso.

¿Y la iglesia? No está atada a un edificio. Ni siquiera está atada a una religión. La iglesia es el amor puesto en práctica.

Lo que me costó la deconstrucción

Cuando empecé a cuestionar aquello que antes me definía, todo cambió. Cambiaron mis amistades, mi entorno y la forma en que me entendía a mí misma.

Esta es una realidad difícil: solemos aceptar con más facilidad a quienes se nos parecen, piensan y actúan como lo hacemos, y creen lo mismo. Nos cuesta aceptar la complejidad con compasión y atravesar las contradicciones con gracia.

Por eso, cuando dejas de encajar, a veces te hacen a un lado, de manera consciente o no. Otras veces eres tú quien se aísla.

No se trata de buscar culpables. Es una realidad que he tenido que reconocer.

La pregunta inevitable: ¿y ahora qué?

¿A qué viene todo esto?

A que estoy aquí, en medio de esa pregunta: ¿y ahora qué?

¿Qué haces cuando entregaste toda tu vida a algo y luego comprendes que ya no puedes seguir entregándote de la misma manera?

¿Qué haces cuando tu propósito entero era extender el reino de Dios y ahora tienes un trabajo de horario fijo, pagas facturas e intentas cuidar de ti, pero nada de eso parece suficiente?

Durante años me repetí: niégate a ti misma, niega los deseos de tu cuerpo, preocúpate solo por el reino. Pero la verdad es que sí me importan otras cosas.

Me importa dónde vivo. Me importa mi calidad de vida. Me importa mi salud. Me importa la prosperidad. Me importa alcanzar mis metas.

¿Es Dios tan narcisista como para odiar que esas cosas me importen? ¿De verdad quiere que solo me importe Él?

La respuesta es no.

Aprender una forma nueva de vivir

Me tomó años comprenderlo.

Para amar a quienes me rodean, tengo que amarme. Para cuidar a otras personas, tengo que cuidarme. Para ofrecer empatía y compasión, primero tengo que tratarme con esa misma empatía y compasión.

Todo está conectado. No son cosas separadas.

Sigo buscando

Y, aun así, sigo aquí, preguntándome hacia dónde voy ahora.

¿Hacia dónde vamos quienes, en la infancia, la adolescencia o la adultez, entregamos toda nuestra maldita vida al evangelio?

¿Cómo vivimos a partir de ahora? ¿Cómo encontramos propósito? ¿Cómo seguimos sintiendo que nuestra vida importa más allá de nuestra propia historia?

Porque eso me importa. Me importa que mi vida aporte algo a otras personas.

La pregunta que no logro soltar

Este es el lugar en el que estoy hoy: ¿cómo puedo vivir con equilibrio?

No quiero construir el reino de Dios a costa de no construir nada para mí. Tampoco quiero construir mi propio reino a costa de ignorar a Dios.

Quiero ambas cosas. Una vida con propósito y prosperidad. Una vida sagrada y, al mismo tiempo, sostenible.

¿Cómo se hace?

No tengo la respuesta. Tal vez esto sea un grito de ayuda. Tal vez solo necesitaba desahogarme.

Pero quizá las respuestas empiecen a aparecer porque, por fin, me atreví a formular la pregunta.

¿Hacia dónde voy ahora?