Ser LGBTQ+ y vivir la fe no es una contradicción que tengas que resolver. Esta es una reflexión sobre una fe vivida bajo condiciones, salir del clóset y recibir el amor de Dios sin abandonarte.
¿En qué Dios has aprendido a creer?
Esta mañana desperté pensando en algo que me dijo una antigua mentora, alguien que en otro tiempo fue para mí como una madre espiritual.
Ocurrió durante una etapa muy vulnerable de mi vida: la primera vez que salí del clóset. En aquel momento formaba parte de una iglesia cristiana moderna que pertenecía a una denominación del sur de Florida. Llevaba quizá dos o tres años muy involucrada: servía, ocupaba puestos de liderazgo y participaba en sus programas.
Por entonces conocí a una chica en la universidad. Nos hicimos amigas y, al cabo de unos meses, me enamoré de ella. El problema era que yo tenía novio: el novio que completaba la imagen de la «pareja cristiana ideal», el que encajaba perfectamente en ese mundo. Terminar con él fue difícil, no porque dudara de lo que quería, sino porque sabía lo que significaría elegirla a ella.
La iglesia a la que asistía no era inclusiva. Mi decisión iba a causar polémica, traer problemas y tener un costo. Aun así, decidí salir del clóset.
Mi mentora fue una de las primeras personas a quienes se lo conté. No nos llevábamos muchos años, pero había tenido una enorme influencia en mi vida. Era quien me «discipulaba»: nos reuníamos con frecuencia y me enseñaba «los caminos de Jesús» tal como los entendía.
Le dije que estaba enamorada de aquella chica y que había decidido estar con ella.
Su respuesta me marcó para siempre:
- Dios seguiría amándome, pero dejaría de bendecirme.
- Por mi «desobediencia», quedaría fuera de la protección de Dios.
- Y, por esa misma desobediencia, ella ya no quería seguir discipulándome. «¿De qué sirve invertir en otras áreas de tu vida —me dijo— si vas a desobedecer en esta?»
En ese instante la perdí. Perdí nuestra relación. Y sus palabras se instalaron muy adentro: en mi sistema nervioso, en mi cuerpo, en mi alma.
Ahora, doce años después, una parte de mí quisiera volver para rescatar a esa joven de diecinueve años de aquellas palabras. Pero no me arrepiento, porque cada momento, incluso los dolorosos, me trajo hasta aquí.
Aun así, me lo he preguntado una y otra vez: ¿por qué me resultó tan fácil aceptar lo que ella decía? ¿Por qué entonces me parecía lógico que Dios pudiera amarme y, al mismo tiempo, decidir no bendecirme ni protegerme?
Creo que ahora entiendo la respuesta.
Un Dios que pone condiciones nos resulta familiar
Cuando llegué al cristianismo, me entregué por completo. En muchos sentidos, me salvó la vida. Todavía lo creo. Pero la imagen de Dios que conocí en ese entorno era la de un Dios que ponía condiciones: todo funcionaba como un intercambio.
Cada domingo escuchaba hablar del amor incondicional de Dios y, minutos después, de todo lo que debía hacer para recibirlo. Siempre aparecía alguna variante de «haz esto o habrá consecuencias». La bendición quedaba en suspenso hasta que yo demostrara obediencia.
Yo vivía atrapada en esa contradicción.
Hasta que, hace unos años, pensé algo:
Hace falta más fe para creer en un Dios que ama sin condiciones que para creer en el Dios que conocí en la iglesia, uno que convierte el amor en un intercambio.
¿Por qué? Porque el amor que pone condiciones ya lo conocemos.
La primera idea que aprendimos sobre el amor
La mayoría crecimos en familias donde el amor venía acompañado de condiciones. Había cariño y deseo de protegernos, sí. Pero la buena conducta traía premios y la desobediencia, castigos. Así aprendimos a relacionar el amor con lo que hacíamos bien.
Quienes nos criaron fueron nuestra primera referencia de lo divino. Con esas personas aprendimos qué forma tenía el amor. Por eso fue tan fácil adoptar una imagen de Dios parecida: coincidía con lo que ya conocíamos.
Puedo mirar a mis padres con compasión y reconocer que hicieron lo mejor que pudieron. También puedo aceptar que incluso lo mejor que podían ofrecer seguía siendo humano. Y el amor humano, aun en su expresión más hermosa, no alcanza la dimensión del amor divino.
El Dios que ama sin condiciones
Lo que estoy aprendiendo ahora es que Dios —como sea que lo entiendas— conoce de cerca la experiencia humana y la comprende. Y, aun así, ama sin condiciones. Nos recibe con gracia. Perdona sin titubear.
Es un amor tan inmenso que no podemos comprenderlo por completo.
Un amor que no espera a que hagamos todo bien.
Un amor que solo nos pide recibirlo.
Pero recibir algo sin haberlo ganado es justamente lo que más nos cuesta. La infancia y la cultura nos enseñaron que hay que ganárselo todo con lo que hacemos y demostramos.
Quiero aclarar algo: no estoy diciendo que vivir consista en no hacer nada ni que estemos libres de responsabilidad. Vivir implica responsabilidades, sacrificios y decisiones. Pero nada de eso es un requisito para recibir el amor de Dios.
Una pregunta para ti
Esta es la pregunta que quiero dejarte hoy:
¿Tu manera de entender a Dios realmente requiere fe?
¿O has elegido una imagen fácil de creer porque se parece a lo que ya conoces?
Si el amor de tu Dios se parece exactamente al amor condicionado que aprendiste de tus padres o de otras figuras de autoridad, quizá eso no sea Dios.
Yo quiero creer en un Dios que desborda mi capacidad de comprender. Un Dios cuyo amor supera lo que imagino que merezco y todo lo que podría llegar a soñar.
En ese Dios elijo poner mi fe.

