Pertenecer no significa vivir sin incomodidad. Es poder estar presente, relacionarte con honestidad y seguir siendo tú, sin borrarte para que te acepten.
La otra noche, en el club de lectura, hablábamos de Los dones de la imperfección, de Brené Brown.
De la vergüenza.
Del perfeccionismo.
De esos ciclos en los que quedamos atrapados.
Y entonces apareció un tema:
pertenecer.
Nos propusieron una pregunta sobre la pertenencia y, antes de darme cuenta, escuché mi propia voz:
¿Qué significa pertenecer?
¿Hay alguien que de verdad sienta que pertenece a algún lugar?
No lo decía para dar lástima.
Tampoco desde el papel de víctima.
Era, sencillamente, mi verdad.
La verdad es que la mayoría de los días no sé si pertenezco a algún lugar.
No por completo.
He tenido momentos.
Destellos.
Lugares, personas, instantes breves.
Pero no esa pertenencia estable que se reconoce con todo el cuerpo.
Y lo más desconcertante es que ni siquiera se trata de rechazo.
Nadie me está dejando fuera.
Aun así, en medio del grupo, me descubro pensando que no pertenezco.
Cuando la vergüenza decide por mí
De pronto, una de las mujeres dijo:
«Sentir que no perteneces a ningún lugar puede ser una reacción nacida de la vergüenza».
Y algo dentro de mí hizo clic.
Creo que tiene razón.
¿Cuántas veces me he sentido incómoda en un espacio o fuera de lugar en una conversación y he llegado de inmediato a esta conclusión?
Aquí no pertenezco.
¿Quién me enseñó que pertenecer significaba sentirme siempre a gusto?
¿Quién me hizo creer que sentirme incómoda significa que no tengo un lugar ahí?
Cuanto más lo pienso, más claro lo veo: quizá ese «no pertenezco» ha sido una forma de protegerme.
Una manera de irme antes de que exista la posibilidad de que me rechacen.
Una barrera que levanto cuando me siento incómoda para no arriesgarme a descubrir que no me quieren ahí.
Una pertenencia que no se rompe
Pero hay otra parte de mí.
La parte que cree que pertenecer también puede sentirse como plenitud.
La parte que susurra que existe un lugar donde el vínculo permanece, donde no tenemos que ocultar ninguna parte de quienes somos y donde conectar resulta tan natural como respirar.
Llámalo cielo.
Llámalo eternidad.
Llámalo como quieras.
Mi espíritu cree que existe una forma de pertenecer que no se quiebra.
Una pertenencia que nada puede arrebatarnos.
Tal vez las dos cosas sean verdad.
Tal vez la vergüenza me convence de que no pertenezco aquí.
Tal vez el Espíritu me recuerda que pertenezco a algo más grande.
Y quizá mi tarea sea aprender a vivir con ambas verdades: seguir presente en espacios imperfectos y, al mismo tiempo, anhelar el día en que llegue una pertenencia plena, sin grietas.
¿Qué significa pertenecer para ti?
Quiero dejarte estas preguntas:
Cuando sientes que no perteneces, ¿de dónde viene esa sensación?
¿Quién definió para ti lo que significa pertenecer?
¿Esa definición es realmente tuya?
¿Todavía quieres vivir según ella?
¿O ha llegado el momento de decidir qué significa pertenecer para ti?
Con amor,
ADL




